DESDE UN MATRAZ ERLENMEYER / PALABRAS QUE SON EXPERIMENTOS / ERRORES
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21 julio 2009

Espejos


______Corría la tarde de un día del año, en un hostel cualquiera, en algún lado de Argentina. El calor no agobiaba, el clima era bastante ambiguo y de fondo se escuchaba música de Dizzy Gillespie que alguien había puesto en el reproductor de cds de su habitación para relajarse y leer un rato. Sonaba sin parar esa pareja dulce del saxo y la trompeta: On the sunny side of the street. Unas puertas más lejos de la caja musical, acompañaban el ritmo el golpeteo de botellas y vasos. En el aire hacia intrusión el Glup Glup de la botella descargando su vida.

______En la habitación musical un joven leia un libro de poemas con un ritmo muy beat, sentado en el suelo con la mano apoyada en el piso y golpeteando con los dedos como si tocara las llaves de una trompeta. El libro está todo escrito con letra de doctor, flechas, frases y afirmaciones. “Tal vez esto es lo mejor que nos ha dejado el 90” susurró en una afirmación al viento. El viaje lo había hecho aceptar nuevos aires, pero al fin y al cabo no era tan diferente allá de acá. No sentía otro cambio que no fuera el acento porteño, duro, conciso y sin cantos dulces. El golpe no era tan grande, el hostel era un mix y eso hacia que todos estén en igualdad de condiciones.
______Entre unas botellas y fumando un poco otro joven contaba los pesos que le quedan en la billetera. No había tanto apuro, solo necesitaba un compañero para empezar todo. El había venido a buscar algo que no había encontrado en donde estaba antes. Miró el techo con humedad y con el humo lo tapó poco a poco, hasta densificar el aire como una neblina londinense, pero esta partía del puro tabaco verde. Sin darse cuenta empezó a tararear el ritmo que llegaba a su habitación. Se levantó y salió al pasillo con una de las botellas y un vaso, para luego sentarse al lado de la puerta de su cuarto. Había llegado el día anterior y aun no se había cambiado. Tenía un sobretodo verde, un pulóver oscuro y debajo una camisa clara. Afuera había sol, pero eso no decía nada.

______Minutos más tarde la puerta del cuarto de donde salía la música se abrió. El chico vio que en el pasillo ya había alguien. En situaciones así, casi novelescas, esa persona podía ser la que él estaba buscando. El que estaba sentado en el pasillo lo miró y le preguntó que era lo que estaba diciendo el cantante que estaba escuchando, porque desde donde estaba no lo entendía. Inmediatamente le respondió al escuchar que el tampoco era de acá:

Now if I never made one cent
I´ll still be rich as rockefeller
There will be goldust at my feet
On the sunny
On the sunny, sunny side of the street


______Desde el suelo lo miró fijo y le sonrrió, automaticamente se dijo “encontré a mi compañero”
-¿De dónde sos?

- De no muy lejos, como vos.

______Dos tonos separados solo por la cordillera se habían cruzado. Un canto de las vocales estiradas y una llamada a un “tu” muy cálido.

Ojeda Alan

16 julio 2009

EMPATE

El detective Aguirre cerró la puerta de la habitación principal del octavo piso, donde la escena del crimen permanecía aún fresca. Referirse a la escena como “del crimen” es sólo un decir, pues en este acto eran dos los cadáveres y dos los asesinos.
De los cuerpos y los cuchillos brotaba sangre aún y el subinspector Lubat intentaba trazar siluetas de tiza blanca alrededor, sobre un piso plastificado que se resistía a ser profanado.
-¡Puf! Acá empieza a haber olor a purgatorio. -dijo Aguirre que se disponía a abrir la ventana que daba a Rivadavia.
Encendió un cigarro y dijo, -Bueno… Estos se mataron entre ellos. Ya está.
Esperaba algún tipo de respuesta de parte del subinspector, pero este lo ignoró y continuó con su difícil tarea artística.
El detective estaba aburrido y empezaba a ponerse inquieto cuando irrumpió en el cuarto el Cabo Flores que traía el informe de antecedentes de los sujetos. -¿A ver? Deme eso, Cabo. -dijo Aguirre mordiendo el pucho con los labios y quitándole de las manos el informe.
El detective leyó en voz alta, -Muñoz, Tamym Maulén. Chileno. 32 años. Tez morena, bla, bla, bla…
Interrumpió la lectura y se dirigió a Flores, -¡Tsss! Estos chilenos. Mire el nombre que le pusieron.
Flores le devolvió una sonrisa híbrida.
-Bueno, -prosiguió el detective- tiene que ser este. -dijo señalando uno de los cadáveres- Sí. Acá dice que tiene tez morena y este es morochito. Y el de la esquina azul es -imitó la voz de un presentador de boxeo y leyó- Orta, Augusto. Argentino. 29 años, bla, bla, bla… ¡Okey! -dijo mientras cerraba la delgada carpeta- ¿Ya está, Lubat?
-Sí. -dijo el subinspector incorporándose.
-Bueno. Vamos entonces. -dijo Aguirre- Vos también, Flores, que te necesito en la comi. Ahora viene lo difícil. Tenemos que averiguar por qué se acuchillaron. ¿Dice en el informe si se conocían y de dónde? -preguntó a Flores.
Flores abrió el informe, lo leyó entre líneas y contestó, -No, detective. No dice nada.

Los tres hombres salieron de la habitación, y el detective, dirigiéndose al personal de la morgue, que conversaba sobre fútbol en el living del departamento, dijo, -¡Ya pueden pasar, muchachos!


Juan Pablo Bidegain

09 julio 2009

Otro día más en este pulgoso hotel – repetía Augusto cada mañana cuando lo despertaban los molestos rayos del sol. No era que no le gustase el hotel, estaba acostumbrado a cosas peores, solo que no hallaba lo que había venido a buscar. Estaba en crisis, harto de todo, de sus ideas, escritos, familia, amigos, estaba harto de él mismo; pero nada podía hacer, había entrado en el juego y no estaba dispuesto a abandonarlo tan fácilmente.
Sin conseguirlo buscaba en cada cosa una inspiración, en cada detalle de lo que lo rodeaba, en cada bella mujer que caminaba frente a él, en cada injusticia que veía en la calle, en cada sueño que tenía, pero nada, ni una sola línea.
¿Y este pelotudo qué me mira? – se enojaba por dentro cada vez que encontraba la mirada de él, posada encima suyo. Él era Tamym, había llegado a Buenos Aires desde Chile con mucho en la cabeza, algo bastante parecido a lo de Augusto. La cuidad lo mataba, quedaba perplejo frente a cualquier esquina insípida. En un ascensor lo vio y algo de él le llamo mucho la atención, no sabia qué era, si su facilidad para mostrar una sonrisa o su forzosa postura para, sin lograrlo, ignorar a Tamym, pero definitivamente algo de el lo asombraba, tanto como las calles de la ciudad.
Era real su mirada penetrante, Augusto no exageraba cuando la sentía, pero debieron marcar varias cruces en el calendario hasta descubrir qué buscaba esa mirada. Al principio Augusto lo ignoraba, aunque, debe admitir que su misterio lo atraía, es que Tamym tenia ese no se qué que lo hacia indescriptible, era una incógnita constante. Pero, a pesar de esto, por tantos encuentros casuales o, mejor dicho, causales, la mirada lo apabullaba, le quitaba el sueño. Era una obviedad, Tamym buscaba excusas para tropezar con él, hasta inventar una magnífica forma de comenzar una conversación, la cual, estaba seguro, duraría horas, y mucho no se equivocaba, Augusto era un gran hablador, de su boca salían ríos de palabras que podían hacer hablar al más retraído. Pero por alguna razón con Tamym no tenía esa facilidad.
Estaban cansados los dos, Tamym de buscarlo, constantemente, sin recibir nada a cambio, y Augusto de tener que evitarlo. Aunque eso ya pasaba a ser secundario, por fin Augusto creyó sacárselo de encima cuando ya no se lo cruzó, es que hacía días que a Tamym su lápiz lo había obligado a un absoluto encierro. Augusto comenzaba a sentirse bien otra vez, su crisis había sido superada y la reconciliación con sus hojas era perfecta. Por fin habían conseguido los dos lo que buscaban, eso que tanto anhelaban.
Augusto entendió, tardíamente, que esas miradas lo habían ayudado mucho más que cualquier fascinante cosa, y Tamym, se alegró al saber que esa total indiferencia no había sido tan mala.
Y así se encontraron, una vez más, y se dispusieron a hablar, durante horas, claro.

Melanie Timpanaro